LA MUSKITIA, EL PULMÓN DE CENTROAMÉRICA (2) “La situación es bien crítica”: la lucha de las mujeres en el paraíso hondureño

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    LA MUSKITIA (ENVIADO ESPECIAL)

    Esta es la segunda entrega del reportaje multimedia de La Vanguardia sobre la Muskitia, realizado en colaboración con la ONG Ayuda en Acción. Hasta el próximo domingo, se publicará un capítulo cada día sobre temas como la situación de la mujer y la infancia, la influencia del narcotráfico, la defensa del espacio natural y la lucha contra el cambio climático. La primera entrega puede consultarse aquí.

    Blanca Ortiz tiene 27 años, un marido y un hijo de dos años, y se siente afortunada. Honduras es un país difícil para la mujer y aún más en la Muskitia, donde vive Blanca. “La situación de la mujer es bien crítica –dice- porque tenemos muchas madres solteras que están criando tres o cuatro hijos solas y sin posibilidad de trabajar”.

    Honduras es un país muy conservador que no permite el aborto, bajo ningún concepto. Tampoco permite laeducación sexual en las escuelas porque las autoridades políticas y religiosas consideran que fomentaría aún más el sexo. A cambio, recomiendan leer la Biblia, cuya lectura es obligatoria en todas las escuelas, según una ley recién aprobada. El poder político no puede entenderse en Honduras sin contar con la presión que las iglesias evangélicas ejercen sobre el presidente Juan Orlando Hernández.

    La mujer, en esta sociedad tan conservadora, sufre la violencia machista, no tiene los mismos derechos que el hombre y la justicia no la protege del mismo modo. Se desentiende, por ejemplo, ante casos de incesto o de violación dentro de la propia familia. Por miedo y por vergüenza, la mujer calla. Tampoco tiene a dónde acudir. En Honduras no hay fiscalía especial de la mujer y, aunque la hubiera, el 95% de los delitos quedan impunes.

    Alumnos de enseñanza primaria en la escuela Aldo Allen del municipio de Mirasol, en la Muskitia (Honduras)

    Alumnos de enseñanza primaria en la escuela Aldo Allen del municipio de Mirasol, en la Muskitia (Honduras) (Daniel Gama)

    Si a esta impunidad se añade el número de crímenes contra la mujer, el diagnóstico de Blanca Ortiz se confirma: 4.787 feminicidios entre el 2006 y el 2016. Sólo en el 2016 hubo 466. Ese mismo año, además, 4.529 mujeres denunciaron haber sido víctimas de una violación de sus derechos humanos.

    Carmelo Zschocher, compañero de Blanca en el consejo Barauda, organización local que defiende los intereses de los garífunas en la Muskitia, culpa a los hombres de esta situación porque “no saben dialogar y maltratan, no sólo a las mujeres, sino también a los niños”.

    Atención sanitaria deficiente

    Una consecuencia de esta política y estas costumbres, como destaca José Manuel Capellín, de la Dirección Nacional de la Infancia, es que el 60% de los partos en los hospitales públicos hondureños son de jóvenes menores de edad. La situación aún es más grave en los territorios indígenas y muy difícil en las zonas urbanas y suburbanas. Capellín calcula que en el 60% de los hogares hondureños sólo hay una madre.

    La situación en la Muskitia es aún más grave porque la salud de la madre corre peligro con cada parto. La mayoría de los partos se realizan sin asistencia médica adecuada. Las mujeres desconfían de la nueva medicina y prefieren ponerse en manos de comadronas tradicionales. El resultado es que la mortalidad en la Muskitia, tanto de la mujer como de los bebés, multiplica por cuatro la media de Honduras.

    Una india tawahka en la cocina de su casa, un palafito en el pueblo muskita de Krausirpi, a orillas del río Patuca

    Una india tawahka en la cocina de su casa, un palafito en el pueblo muskita de Krausirpi, a orillas del río Patuca (Daniel Gama)

    Ahora, organizaciones como Ayuda en Acción trabajan para capacitar a las comadronas para que deriven a la parturienta a un médico en caso de que el parto no vaya bien. Lo malo es que no hay médicos cerca y ellas siguen muriendo por falta de cuidados. “Se nos murió una madre hace poco –se lamenta Marcelo Antonio Guerra Palacios, alcalde de Wampusirpi–, aquí en el pueblo no teníamos los medios para atenderla. Estaba ya muy mal cuando nos avisaron. Llamamos a la avioneta para que viniera de Puerto Lempira a buscarla, pero ella falleció antes de poder evacuarla”.

    Sin carretera y alejados

    Wapusirpi es un lugar aislado en el corazón de la Muskitia. A Puerto Lempira, la ciudad más importante del departamento de Gracias a Dios, donde está la Muskitia, hay 80 kilómetros, una distancia enorme cuando no hay carretera. El traslado debe realizarse por el río, lo que lleva cerca de dos días de navegación, o en avioneta, un transporte exclusivo que muy pocos pueden pagarse.

    “Es una lástima –añade el alcalde Guerra–, llevamos años reclamando la carretera pero no sabemos si llegará algún día. Ahora hemos mejorado la pista de aterrizaje y muchas mujeres han trabajado en la obra porque estamos por la equidad de género”. Esta equidad, en proyectos como el de la pista, es nueva en Wampusirpi. De hecho, es nuevo hasta que haya un alcalde. Guerra se presentó a las elecciones del año pasado después de varios años sin que ningún vecino quisiera hacerlo.

    Pista de aterrizaje en Wampusirpi, La Moskitia, Honduras. A esta población sólo se puede llegar en avioneta o navegando durante dos días por el río Patuca
    Pista de aterrizaje en Wampusirpi, La Moskitia, Honduras. A esta población sólo se puede llegar en avioneta o navegando durante dos días por el río Patuca (Daniel Gama)

    “El hombre siempre ha estado más valorado”, explica Lizz Ramos, una joven que colabora en la ayuda al desarrollo social de la comunidad. “Hay menos hombres que mujeres y, además, ellos reivindican que hacen el trabajo duro del campo, el que sostiene a la familia, pero no es cierto. Hay muchas mujeres que también trabajan duro en el campo, con la siembra y la cosecha. Y luego, además, han de llevar la casa, y nadie parece valorarlo”.

    ”La autoestima de las mujeres es muy baja”, añade Lizz Ramos. “El hombre, por ejemplo, puede tener varias mujeres y se valora positivamente que las tenga, mientras que en el caso de la mujer es todo lo contrario. Tiene un solo marido y si la abandona debe quedarse sola”.

    Hay hombres que maltratan a las mujeres y algunas decidimos tener otro marido que nos convenga más”

    Ermelinda Salinas tiene autoestima y ha tenido dos maridos, algo que tampoco es normal. “Hay hombres que maltratan a las mujeres –como hacía mi primer marido, que me obligaba a estar en el monte con él, forzándome a desatender a nuestros hijos–, y como las mujeres no podemos estar bajo ese gran peso, algunas decidimos tener otro marido que nos convenga más”.

    Ermelinda es tawahka y vive en Krausirpi, a orillas del río Patuca. Es maestra de niños de seis y siete años y también dirige una organización de ayuda a las mujeres. “Nuestra visión es que la mujer cambie su vida, trabaje y tenga su propio ingreso en la familia”. Que gane dinero incluso en un lugar tan remoto y complejo como Krausirpi, donde es imprescindible trabajar la tierra para sobrevivir: “A veces los hombres nos dejan con nuestros hijos y, aún así, nosotras los sostenemos y les damos los tres tiempos de comida… Al hombre no le importa si el hijo come o no come”.

    Ermelinda Salinas, maestra en Krausirpi, es una india tawahka que lucha por los derechos de la mujer y preside la asociación Asotawahka

    Ermelinda Salinas, maestra en Krausirpi, es una india tawahka que lucha por los derechos de la mujer y preside la asociación Asotawahka (Daniel Gama)

    Producir casabe, el pan de yuca, es una de las principales actividades de la mujer en el medio rural. Este año, como explica Doris Meléndez, en Plaplaya, “la cosecha no es muy buena porque llovió mucho y la yuca se ha podrido un poco con tanta agua, pero aún así es un buen negocio y nos permite vivir decentemente”.

    Capacitar a la mujer para que sea dueña de su propia economía es uno de los grandes retos de la ayuda al desarrollo en esta zona. Las que consiguen entrar en uno de estos programas, aprendiendo a plantar yuca y producir casabe, o a tostar cacao y hacer chocolate, afirman que les gustaría destinar el dinero a la educación de sus hijos. Aun así, no es fácil que lo hagan. Los gastos corrientes, para sobrevivir, apenas dejan nada y las circunstancias sociales que las rodean son demasiado fuertes.

    Matrimonios sin contrato ni garantías

    “La mujer ni siquiera está protegida por un contrato matrimonial”, explica Lizz Ramos. “Aquí, en Wampusirpi, además de la iglesia católica, tenemos muchas otras evangélicas: la Morava, la Benezé, la Renovada, la Ciudad de los Niños y muchas más. Pero acudir a la iglesia no significa, necesariamente, cumplir con lo que dice el sacerdote y en el caso del matrimonio es muy claro. Las parejas se adjuntan, tienen hijos, inician familias con facilidad y naturalidad. Casarse implica, sobre todo, dinero en papeles y en la ceremonia, que todo el mundo prefiere ahorrarse.”

    “Muchas mujeres se van a vivir con un hombre y luego, al verse abandonadas, no tienen nada más que los hijos”, dice Blanca Ortiz. “Se casan enamoradas sin darse cuenta de lo desprotegidas que pueden quedar, no sólo porque el marido se marche sino porque no tendrán los recursos necesarios para sacar adelante a sus hijos o para vivir en su propia casa. El hacinamiento es muy normal. Los hijos nacen, los maridos van y vienen, a veces llegan con otras esposas, y no hay dinero para construir otra casa”.

    Mujeres de la etnia garífuna, cultivadoras de yuca en Palplaya (La Moskitia, Honduras)
    Mujeres de la etnia garífuna, cultivadoras de yuca en Palplaya (La Moskitia, Honduras) (Daniel Gama)

    “Un ejemplo muy claro de esta vulnerabilidad se da con los militares”, comenta Lizz Ramos. “Los soldados vienen aquí por dos meses, para combatir el narcotráfico principalmente. Aprovechan para cortejar a las muchachas y acostarse con ellas. Luego las dejan embarazadas y se van. Prácticamente nadie asume su responsabilidad”.

    Caminamos con Johnny Rivas junto al cauce del río Patuca. La vegetación es densa. El machete abre el camino. Llegamos a un claro, un espacio desbrozado para plantar arroz. Allí hablamos de la clatamana, una tradición moskita, una mediación entre familias para resolver asuntos de la tierra y el matrimonio. “Un padre que trabaja el campo con ayuda de un joven es normal que quiera que su “cipota”, su hija, se case con él. Otras veces, la chica está enamorada de un chico y huye con él sin la bendición del padre. En ambas situaciones, sin embargo, tanto si la fuerzan a ir con un hombre, como si ella decide irse con otro que no tiene la aprobación del padre, es muy difícil que pueda salirse con la suya. Las familias se imponen y lo hacen con esta mediación que llamamos clatamana”.

    Johnny Rivas tiene hijas y un campo de arroz. Asegura que nunca las forzará a casarse con alguien a quien no quieran, aunque eso suponga un problema para seguir cosechando arroz.

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